jueves, 21 de febrero de 2013
En Puerto Madero la vida obrera no vale nada
En el Blog "Un mal día para dejar de fumar" leemos: "Con 19 años, el trabajador paraguayo dejó en un edificio en construcción, a sus hermanos que trabajaban con él y su vida. Compañeros, heridos por la perdida y también por el “accidente”,donde la vida obrera no vale nada, ya saben que es moneda corriente en trabajos como estos la incertidumbre de saber si se vuelve a casa"
Golondrinas en vuelo. Relatos de los obreros rurales del norte argentino (2° parte)*
por
Natalia Morales y Joaquín Ramírez
El
hotel y complejo termal Medano Blanco costó $ 20 millones. El “Momo” gastó 4000
dólares semanales para volar hasta allí a controlar las obras. “Desde que este
Secretariado se hizo cargo del gremio hemos puesto mucho énfasis para que el
trabajador se tomara el descanso que corresponde”, dice Gerónimo “Momo”
Venegas, titular del Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores
(UATRE).
El
sindicato paga $ 8 millones anuales a la empresa tercerizada GREGARD SA para
“fiscalizar el trabajo no registrado”, pero la mayoría de sus “representados”
están en negro y precarizados. ¿Quiénes podrán descansar en esos lujosos
hoteles si no hay descanso, ni vacaciones, ni derechos para llegar a fin de
mes?
Mientras
los trabajadores no paran de correr para sacar algo de dinero, al Momo se le
pegan los hobby’s de los patrones rurales. Entonces corre en camionetas 4x4. “A
nivel nacional hay una competencia trial, que se hace con camionetas Willys o
IKA. Salí tres veces campeón”, comenta, y agrega que el excéntrico pasatiempo
lo “ayuda a sacarse al Gobierno de la cabeza”.
Los
obreros y las obreras de los campos no gozan de tales beneficios.
Tirados
“Te
tiran todo en el suelo en un galpón donde tenés que dormir en medio de los
cajones, y llevarte tu colchón”, dice Eloy, desde el norte de la provincia de
Salta, contando el lugar donde le tocó dormir en Mendoza siendo trabajador
golondrina. “El patrón nos muestra la pieza y era un solo galpón grande. Tenían
los duraznos ahí, un olor terrible con la gente trabajando en el lugar y
nosotros con todas las cosas tiradas”. Cuenta que después “se escapó” y
encontró “un patrón mejor”. En este caso “no tenía baño, no tenía agua, había
que sacarla de un pozo. Por baño había una letrina arruinada, y había que ir al
campo. Nos teníamos que bañar en el canal de riego nomás”. “A lo sumo podés
dividir piecitas separando con sábanas” agrega Sandra.
Estas
son algunas de las condiciones de vivienda e higiene en las que viven decenas
de miles de trabajadores que desde el norte argentino buscan trabajo en
provincias ricas. Así los patrones muestran su desprecio a la vida obrera.
Walter
tiene 18 años y empezó a trabajar a los 13 también migrando. En su caso “el
baño estaba compartido entre 40”. “Muchas veces directamente hemos tenido que
llevar carpas y quedarnos dos meses así porque no había forma de dormir donde
nos ofrecían” nos relata Sandra. En muchos casos la noche se pasa debajo de
coberturas armadas de plástico sobre la tierra. “Tenemos que comprar todo allá,
los colchones, cacerolas” dice Herminda. Así ven como una parte de sus magros
salarios se van en las condiciones que tiene que proporcionar el patrón.
Incluso lo dice la ley. Se suma a extenuantes jornadas laborales, mal pagas,
como denunciaron los trabajadores en el anterior número de La Verdad Obrera.
Tensando
músculos
A pesar
de la extensión del trabajo en negro, la superexplotación y hasta la trata de
personas, UATRE no ha hecho un solo paro, ni siquiera una movilización. La
mayoría de los trabajadores de la zona no conoce de la existencia del
sindicato. A pesar de esto, los golondrinas se rebelan contra la explotación.
“En noviembre hicimos un paro. Logramos un aumento. Entre todos, no quedaba
otra. Fue para pedir el aumento del precio de la cargada de ajo por camión. El
patrón te pagaba 150 pesos y exigimos 200. Nos dijo que si no nos gustaba nos
fuéramos. Nos fuimos todos. Nos alcanzó en la camioneta aceptando nuestro
reclamo, pidiendo que volviéramos” nos cuenta Patricio, salteño en Mendoza.
También pararon en solidaridad con otra cuadrilla, “los compañeros pedían que
se les aumente el precio de la cargada de ajo y nosotros que se nos aumentara
la aperchada del ajo”.
Después
de esas rebeliones aisladas algunos empiezan a ver cómo organizarse. Patricio
dice: “la verdad que en el caso de los trabajadores temporarios o
‘golondrinas’, tendría que haber un sindicato en cada provincia con leyes que
lo avalen. Hoy por estar al frente o hablar por los demás sos despedido”.
Porque
la persecución de los empresarios rurales también recorre los campos. Uno de
los más emblemáticos es el caso de Daniel Solano. Este joven, nativo de una
comunidad originaria de Tartagal (Salta) fue desaparecido por la policía por
organizar un paro contra una multinacional del campo [1]. La reacción patronal
puede ser brutal, pero la fuerza obrera empieza a tensar sus músculos y da
respuestas. Luchas como las del ajo en Mendoza, que puso en pie el Sindicato de
los Trabajadores del Ajo. O el ánimo de combate que contagia el despertar de
los ingenios azucareros en el norte argentino.
La
clase obrera empieza a encontrar el camino de la organización y la lucha en los
campos. Su unidad con los trabajadores de la industria se torna fundamental
para lograr una alianza histórica para enfrentar a los capitalistas.
1-
http://golondrinasenvuelo.blogspot.com.ar/2012/12/daniel-solano-bandera-de-lucha.html
LIPEO: Cuidado con la víbora
por Joaquín Ramírez
El camino hacia el paraje Lipeo, Salta, es una travesía. Un paisaje fantástico. Todas las tonalidades del verde en montañas. Cauces de agua turquesa quebrando el camino. Primero hay que conseguir una moto o una camioneta que vaya. No hay transporte público, solo informal. Los escasos 26 km que lo separan del pueblo de Los Toldos no dan garantía de llegar a destino. El camino es una piedra más difícil que otra. Una vez en Lipeo se accede al parque nacional Baritú, refugio yungueño más cercano a Bolivia. La estructura más sobresaliente y completa del lugar es la sede de “Parques Nacionales”. Cuenta con cuatriciclos, camionetas, camión, radio, luz e internet satelital. Todos recursos ausentes para cualquiera de los cerca de cien habitantes del lugar que carecen de vías de comunicación eficientes. A lo sumo el centro de salud cuenta con un panel solar que da energía solo a una radio. Tienen que solicitar primero permiso a Parques para informar sobre una urgencia. La señal utilizada de la radio es de esa institución. “Acá se cuida más a los tigres que a las personas” repiten en el paraje que no llega a ser un pueblo. Recorrimos el lugar. Entre un sendero y otro, subidas y bajadas, cruzamos una víbora con su cabeza triangular anunciando veneno. Peligro. El reptil cumplió con su misión de amenazar con su lengua fina y con algunos serpenteos en nuestra dirección. Afortunadamente estábamos bastante lejos como para que nos alcance. No se puede pasar por Lipeo sin cruzarse una de estas. Menos vivir. Maru o Herminda nos mencionan y muestran en fotos viboras, arañas de las más impresionantes y peligrosas que transitan los cuartos y casas de manera cotidiana. Curiosamente los folletos de parques nacionales anuncian las variedades de serpientes que pueden picar a quién se las cruce en el camino, pero la infraestructura del lugar no está preparada ni para una sola víctima de tal ataque. Lo sabríamos después de habernos cruzado nuestra viborita correspondiente. El único enfermero que encontramos en este paraje, Darío, acababa de llegar desde Baritú. Otro paraje selvático a unos 25 km al sur. El enfermero de allí estaba de licencia. Un solo transporte, la moto enduro particular de Darío. Si alguien tuvo un infortunado encuentro con una de esas serpientes, “las bravas”, tiene que montarse a la moto y encarar más de dos horas por el camino de travesía rumbo al pueblo de Los Toldos donde hay un hospital como había pasado hace dos semanas con un poblador. Camino que se corta si llueve. Si llueve podés morir. No hay un solo cargo del estado para la atención de la salud de estos parajes. Darío trabaja para un programa cuyo contrato tiene que renovar todos los años. Sin obra social ni jubilación. Por 2000 pesos. El contraste con “Parques” es brutal. Si los mismos recursos que se vuelcan ahí fueran para la salud cambiaría sustancialmente la situación y la salud de los habitantes. El puesto de salud ni siquiera cuenta con luz propia. Le tiran un cable desde la escuela que soporta un solo foco porque el sistema del panel solar está saturado. No cuenta ni con una heladera para el suero o las vacunas. Hace semanas que el único analgésico con el que cuenta es un blíster de ibuprofeno. Darío denuncia que dos veces al año entran a trabajar policías en la zona, pero nada para salud. Nos cuenta que a los docentes no se les reconoce el costo del viaje entonces no les alcanza la plata para las idas y venidas por ese camino de complicaciones. 300 pesos por semana entre la ida y la vuelta nos dice una trabajadora precarizada de Parques Nacionales. Que hace un año que hay un solo maestro. No hay nadie que aguante. Si vivís en una zona de serpientes como Lipeo, el gobierno no te garantiza los servicio esenciales de salud. Simplemente podés morir de un ataque de la fauna típica y abundante del lugar. Esa es la gestión del gobierno K de Uturbey. El gobierno nacional aporta recursos solo para la conservación de un parque, y te dice: cuidado con la víbora. De lugares de similares características se nutren los contingentes de trabajadores golondrinas que a pesar de la añoranza de su lugar, de la hermosura de su naturaleza y de su familiares que van quedando ahí, están seguros de no tener ninguna posibilidad de subsistencia en sus tierras.
El camino hacia el paraje Lipeo, Salta, es una travesía. Un paisaje fantástico. Todas las tonalidades del verde en montañas. Cauces de agua turquesa quebrando el camino. Primero hay que conseguir una moto o una camioneta que vaya. No hay transporte público, solo informal. Los escasos 26 km que lo separan del pueblo de Los Toldos no dan garantía de llegar a destino. El camino es una piedra más difícil que otra. Una vez en Lipeo se accede al parque nacional Baritú, refugio yungueño más cercano a Bolivia. La estructura más sobresaliente y completa del lugar es la sede de “Parques Nacionales”. Cuenta con cuatriciclos, camionetas, camión, radio, luz e internet satelital. Todos recursos ausentes para cualquiera de los cerca de cien habitantes del lugar que carecen de vías de comunicación eficientes. A lo sumo el centro de salud cuenta con un panel solar que da energía solo a una radio. Tienen que solicitar primero permiso a Parques para informar sobre una urgencia. La señal utilizada de la radio es de esa institución. “Acá se cuida más a los tigres que a las personas” repiten en el paraje que no llega a ser un pueblo. Recorrimos el lugar. Entre un sendero y otro, subidas y bajadas, cruzamos una víbora con su cabeza triangular anunciando veneno. Peligro. El reptil cumplió con su misión de amenazar con su lengua fina y con algunos serpenteos en nuestra dirección. Afortunadamente estábamos bastante lejos como para que nos alcance. No se puede pasar por Lipeo sin cruzarse una de estas. Menos vivir. Maru o Herminda nos mencionan y muestran en fotos viboras, arañas de las más impresionantes y peligrosas que transitan los cuartos y casas de manera cotidiana. Curiosamente los folletos de parques nacionales anuncian las variedades de serpientes que pueden picar a quién se las cruce en el camino, pero la infraestructura del lugar no está preparada ni para una sola víctima de tal ataque. Lo sabríamos después de habernos cruzado nuestra viborita correspondiente. El único enfermero que encontramos en este paraje, Darío, acababa de llegar desde Baritú. Otro paraje selvático a unos 25 km al sur. El enfermero de allí estaba de licencia. Un solo transporte, la moto enduro particular de Darío. Si alguien tuvo un infortunado encuentro con una de esas serpientes, “las bravas”, tiene que montarse a la moto y encarar más de dos horas por el camino de travesía rumbo al pueblo de Los Toldos donde hay un hospital como había pasado hace dos semanas con un poblador. Camino que se corta si llueve. Si llueve podés morir. No hay un solo cargo del estado para la atención de la salud de estos parajes. Darío trabaja para un programa cuyo contrato tiene que renovar todos los años. Sin obra social ni jubilación. Por 2000 pesos. El contraste con “Parques” es brutal. Si los mismos recursos que se vuelcan ahí fueran para la salud cambiaría sustancialmente la situación y la salud de los habitantes. El puesto de salud ni siquiera cuenta con luz propia. Le tiran un cable desde la escuela que soporta un solo foco porque el sistema del panel solar está saturado. No cuenta ni con una heladera para el suero o las vacunas. Hace semanas que el único analgésico con el que cuenta es un blíster de ibuprofeno. Darío denuncia que dos veces al año entran a trabajar policías en la zona, pero nada para salud. Nos cuenta que a los docentes no se les reconoce el costo del viaje entonces no les alcanza la plata para las idas y venidas por ese camino de complicaciones. 300 pesos por semana entre la ida y la vuelta nos dice una trabajadora precarizada de Parques Nacionales. Que hace un año que hay un solo maestro. No hay nadie que aguante. Si vivís en una zona de serpientes como Lipeo, el gobierno no te garantiza los servicio esenciales de salud. Simplemente podés morir de un ataque de la fauna típica y abundante del lugar. Esa es la gestión del gobierno K de Uturbey. El gobierno nacional aporta recursos solo para la conservación de un parque, y te dice: cuidado con la víbora. De lugares de similares características se nutren los contingentes de trabajadores golondrinas que a pesar de la añoranza de su lugar, de la hermosura de su naturaleza y de su familiares que van quedando ahí, están seguros de no tener ninguna posibilidad de subsistencia en sus tierras.
Los caminos de Sandalio
por Natalia Morales
La mayoría de los habitantes nos recibió con bastante amabilidad. Con solo caminar por las calles y cruzarnos con niños o adultos recibíamos un “buen día” o “buenas tardes” que nos arrancaba una sonrisa. Al ser extraños en un pueblo donde todos se conocen ayudaba al dialogo comentar el objetivo de nuestro viaje o simplemente mencionar que conocíamos a una familia y teníamos unos viejos amigos entre los vecinos.
Recientemente algunas calles del pueblo fueron adoquinadas. Así la única calle que recorre todo el pueblo fue parte de las afortunadas seleccionadas para tal fin aunque solo en un tramo y fue promocionada como obra concretada por tres años consecutivos por la intendencia. También es reciente el nombre de algunas de ellas. Así la principal se llama Avenida José Luis Ramirez, la calle de la iglesia tiene nombre de un cura y existe otra con el nombre de un ingeniero: Laguens. Sin embargo, la calle que disparó nuestra atención fue la que partiendo desde Ramirez hacia el oeste te lleva a la Reserva Natural El Nogalar y desde ahí al pueblo coya de Santa Victoria Oeste. Calle Sandalio Quispe.
Pero no es el fin de este escrito. Hoy en Los Toldos, en pleno siglo XXI, la comunicación sigue siendo una de las mayores complicaciones, sobre todo para la mayoría de las familias trabajadoras pobres de estos lugares. No se ha dignado ningún gobierno, incluyendo al actual kirchnerista, a construir una ruta en la zona que comunique a estos pueblos entre sí o con la ciudad principal más cercana, Orán. Para llegar a Los Toldos sobre ruedas hay que ir a Bolivia agarrar una ruta que bordea el Bermejo y luego un camino de piedras grandes y derrumbes. Más de 5 horas desde Orán para 150 km si logras realizar las combinaciones necesarias de manera coordinada y con el dinero suficiente. A partir de Los Toldos los caminos hacia el resto de los pueblos son intransitables sobre todo en época de lluvia. Prácticamente no existen autos porque se destrozarían en esos caminos. Los pobladores caminan 5 horas para realizar 25 km entre Lipeo y Los Toldos o deben contratar algún particular en moto cuyo viaje cuesta $150. Repito, para 25 km. Organizarse con otros pobladores para contratar una camioneta particular que lo llevaría en su caja a sólo $600. O esperar la ida del camión o tractor del municipio para ser cargados apretados con su mercadería, como si fueran animales, en una hora o dos de viaje.
Clemencia de Lipeo nos cuenta que sus hijos para ir a la escuela secundaria en Lipeo tenían que caminar horas entre idas y vueltas. Era mucho sacrificio para ellos. Los albergues no son suficientes. No hay transporte público. Hicimos varias notas a los distintos intendentes y nadie nos respondió, nos cuenta enojada.
La desidia del estado no perdona a las familias pobres del campo. Presiona y aprieta por todas partes. No perdona. Hay que sobrevivir en estos lugares donde los medios de comunicación y transporte se suman a la lista de salud, educación y trabajo insuficientes para las necesidades que existen. La expulsión inevitable para los jóvenes que quieren vivir un poco mejor. La realidad muy dura cuando llegan a los lugares de trabajo fuera de sus pagos.
El pueblo de Los Toldos nos hizo recordar a las campiñas
chapacas de Tarija. Casas sencillas de pared de adobe y techo con
tejas de estilo español. Patios cargados de plantas. Arboles que proporcionan
buena sombra. Viejos pircados de piedras. Pequeños puentes cortando los
variados arroyos de agua cristalina. Faroles pintorescos. Calles de tierra.
Rodeada de una
multitud de cerros verdes. Montañas de fondo, dan muestra de la cercanía de
cordillera oriental que separa las yungas de los pastizales de altura y así de
paisajes más áridos. El clima de verano nos resultó completamente agradable. El
cielo de noche nos acaparó sin permiso varios minutos de nuestra contemplación
de tantas estrellas que cargaba.La mayoría de los habitantes nos recibió con bastante amabilidad. Con solo caminar por las calles y cruzarnos con niños o adultos recibíamos un “buen día” o “buenas tardes” que nos arrancaba una sonrisa. Al ser extraños en un pueblo donde todos se conocen ayudaba al dialogo comentar el objetivo de nuestro viaje o simplemente mencionar que conocíamos a una familia y teníamos unos viejos amigos entre los vecinos.
Recientemente algunas calles del pueblo fueron adoquinadas. Así la única calle que recorre todo el pueblo fue parte de las afortunadas seleccionadas para tal fin aunque solo en un tramo y fue promocionada como obra concretada por tres años consecutivos por la intendencia. También es reciente el nombre de algunas de ellas. Así la principal se llama Avenida José Luis Ramirez, la calle de la iglesia tiene nombre de un cura y existe otra con el nombre de un ingeniero: Laguens. Sin embargo, la calle que disparó nuestra atención fue la que partiendo desde Ramirez hacia el oeste te lleva a la Reserva Natural El Nogalar y desde ahí al pueblo coya de Santa Victoria Oeste. Calle Sandalio Quispe.
¿Quién fue Sandalio?
Fue la pregunta más reiterada por varios días. Almaceneros, jóvenes
secundarios, Dora de las empanadas, Olga del hospedaje, Mandy, Sandra
o Fernando no se salvaron del interrogatorio. Ninguno pasó la
prueba. Aunque si proporcionaron datos para llegar hasta él. A varios le quedó
picando el interrogante y seguro que ahora no se van a olvidar del mismo. La
búsqueda no fue fácil y nos llevó hacia Ariel, docente y compañero de Olga y al
viejo Pablo Cirilo, quién fuera encargado de recibir la correspondencia en Los
Toldos en la misma época que Sandalio.
Sandalio fue el
primer cartero. Encargado de llevar y traer los escritos, postales e
información entre Santa Victoria Oeste y Los Toldos. Ariel nos dice que al
principio lo hizo “de pura voluntad” mientras venía para estos lugares a
intercambiar chalona por otros productos necesarios a mediados de los años 50.
Originario de allá. Pablo termina revalorando el papel desempeñado por
Sandalio. Caminaba más de dos días junto a burros y caballos. Así terminó nuestro
interrogante. Sabíamos ahora parte de la vida de este hombre quien trabajó de
comunicador en estos lugares remotos y quién, a diferencia de miles de calles
con nombres de militares, conquistadores y genocidas, se lo recuerda en una de
ellas. La que recorrió a pie hace más de cincuenta años. Sandalio es un prócer
del pueblo, por eso su calle.Pero no es el fin de este escrito. Hoy en Los Toldos, en pleno siglo XXI, la comunicación sigue siendo una de las mayores complicaciones, sobre todo para la mayoría de las familias trabajadoras pobres de estos lugares. No se ha dignado ningún gobierno, incluyendo al actual kirchnerista, a construir una ruta en la zona que comunique a estos pueblos entre sí o con la ciudad principal más cercana, Orán. Para llegar a Los Toldos sobre ruedas hay que ir a Bolivia agarrar una ruta que bordea el Bermejo y luego un camino de piedras grandes y derrumbes. Más de 5 horas desde Orán para 150 km si logras realizar las combinaciones necesarias de manera coordinada y con el dinero suficiente. A partir de Los Toldos los caminos hacia el resto de los pueblos son intransitables sobre todo en época de lluvia. Prácticamente no existen autos porque se destrozarían en esos caminos. Los pobladores caminan 5 horas para realizar 25 km entre Lipeo y Los Toldos o deben contratar algún particular en moto cuyo viaje cuesta $150. Repito, para 25 km. Organizarse con otros pobladores para contratar una camioneta particular que lo llevaría en su caja a sólo $600. O esperar la ida del camión o tractor del municipio para ser cargados apretados con su mercadería, como si fueran animales, en una hora o dos de viaje.
Clemencia de Lipeo nos cuenta que sus hijos para ir a la escuela secundaria en Lipeo tenían que caminar horas entre idas y vueltas. Era mucho sacrificio para ellos. Los albergues no son suficientes. No hay transporte público. Hicimos varias notas a los distintos intendentes y nadie nos respondió, nos cuenta enojada.
La desidia del estado no perdona a las familias pobres del campo. Presiona y aprieta por todas partes. No perdona. Hay que sobrevivir en estos lugares donde los medios de comunicación y transporte se suman a la lista de salud, educación y trabajo insuficientes para las necesidades que existen. La expulsión inevitable para los jóvenes que quieren vivir un poco mejor. La realidad muy dura cuando llegan a los lugares de trabajo fuera de sus pagos.
domingo, 17 de febrero de 2013
Los Toldos y el norte salteño en imágenes.
Recorré el lugar de crianza y de partida de los trabajadores golondrinas. Primera entrega.
Mirá más fotos en: ENFOQUE ROJO http://www.facebook.com/#!/media/set/?set=a.472212982828184.106389.447915911924558&type=1
Mirá más fotos en: ENFOQUE ROJO http://www.facebook.com/#!/media/set/?set=a.472212982828184.106389.447915911924558&type=1
![]() |
Los Toldos. Mujer arriando ganado vacuno por la calle principal.![]() |
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Festival norteño. Gabriel, músico y golondrina
|
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Atardecer toldeño. |
miércoles, 6 de febrero de 2013
Golondrinas en vuelo. Relatos de los obreros rurales del norte argentino (1° parte)
Por Natalia Morales y Joaquín Ramírez
En este comienzo del 2013,La Verdad Obrera
recorrió el norte de Salta. “Los Toldos” queda a 400 km de la capital, en el
límite con Bolivia, bordeando la selva de las Yungas.
En este comienzo del 2013,
Salta “la linda” es una de las provincias más pobres del
país. Ni siquiera hay un camino a Los Toldos: o entrás por Bolivia o lo haces
caminando dos días desde Argentina. Los índices dicen que aquí“hay un 45% de
necesidades básicas insatisfechas (NBI)”. La miseria es más fuerte en las
calles. “No es tierra de posibilidades”. Los trabajos son escasos y muy
precarios. Como cuenta Pedro, en el paraje Lipeo. “No hay nada. Para comer no
seria tanto, vos tenés papa o maíz. Pero este lugar te obliga a salir a trabajar
a otro lado”. Eloy presidente de la comunidad aborigen de El Arazay agrega
“adelantás trabajo laburando mucho allá en Mendoza o Río Negro porque acá no
hay nada”. Para Santos “es la misma
Municipalidad el ejemplo de pagar mal y poco. Te pagan 60 o 70 pesos al día por
trabajar como changarín, además te pagan mal, tarde y a veces no logras cobrar
todo”.
Entonces los jóvenes de Los Toldos tienen que formar parte
inevitablemente del más de medio millón de trabajadores golondrinas que migran
de una cosecha a otra, en distintas provincias.
Desde Jujuy, Salta, Tucumán y Santiago del Estero estos
obreros alzan vuelo. La pobreza del norte los expulsa. Se suman trabajadores de
Bolivia, Perú y Paraguay. Familias
enteras se movilizan a las provincias “ricas”, Mendoza, Río Negro o Córdoba,
para trabajar en campos que son de otros. La
impunidad de las patronales agrarias hace que del millón y medio de los
obreros rurales, la mitad esté en negro. Y los golondrinas e inmigrantes son
los más perjudicados. Muchas veces sometidos a situaciones de esclavitud y
trata de personas, en que los cuadrilleros y las empresas tercerizadas son
parte de las redes. Otras veces, luego del ingreso, policías o grupos
organizados por las patronales les impiden salir de las fincas. Eloy recuerda:
“nosotros la primera vuelta que estuvimos en esa situación nos pudimos escapar.
El patrón nos quería pegar, nos cruzaba en la calle gritando ‘¡porque se van si
yo los traje!’ ”.
Todo el día corriendo
Mientras reina la esclavitud laboral, las patronales agrarias gozan de los más altos niveles de rentabilidad. Mendoza es el principal productor nacional de uva, ajo, ciruelas y duraznos y Río Negro de manzanas y peras. Ambas provincias exportan más de un billón de dólares en producción primaria. (INDEC. 2011)
Los jóvenes trabajadores golondrina encuentran trabajos
donde te pagan “por tanto”. El viejo trabajo “a destajo” persiste en el campo.
En el ajo, cuenta Patricio, son diez horas agachado: “es la única posibilidad
de ganar algo que valga la pena tanto esfuerzo”. Deslomándose sin horarios, lo
que el cuerpo resista, llegan a un ingreso superior al que conseguirían en sus
tierras de pobreza. Pero es duro. Herminda lo sabe porque en las fincas de uva:
“cosechás, corrés lejos hasta el camión, te subís a la escalera tirás la uva y
tenés que bajar por otro lado porque viene el otro corriendo. Todo el día
corriendo”. “Te caés y es un desastre – agrega Eloy – todo manchado con arena
pegada; pero tenés que levantarte rápido y seguir porque sino no llegás”.
Muchas veces los patrones obligan a los obreros a trabajar
en cuadrillas con lo cual si uno no rinde pierde todo el grupo, una presión aún
mayor sobre la espalda. El Ingenio La Esperanza , en Jujuy, se nutre de trabajo
golondrina. El trabajador mismo tiene que subcontratar a más trabajadores, “los
cuartas”. Suelen ser los familiares quienes ayudan a llegar a una cantidad que
cubra las necesidades de supervivencia del hogar. El trabajo “por tanto”
implica muchas veces el trabajo infantil. El sector rural tiene un 35.5% de
trabajo infantil entre 14 y 17 años, y Mendoza es la provincia con el
porcentaje más alto (28,8 %). En plantaciones como el arándano los patrones
prefieren descaradamente el trabajo infantil porque pueden extraer con mayor
delicadeza este fruto frágil.
Esas “particularidades de la actividad”
Las jornadas laborales pueden extenderse a más de 12 horas. “Nos levantamos a las 5 de la mañana a preparar comida porque en el medio del campo no hay nada. Después viene el transporte en camión hasta el lugar del trabajo. Y después a hacer fila para bañarte porque los baños son muy pocos, o bañarte en acequias” dice Eloy, que trabajó desde los 7 años junto a su padre para rendir a una empresa forestal de la zona.
Todo esto ocurre en los campos argentinos después de casi 10
años de gobierno kirchnerista. Los capitalistas del campo y la agroindustria
ganan millones; cientos de miles de trabajadores son explotados como hace
décadas. La “reforma del régimen de trabajo agrario” K mantiene vigentes muchas
de las prácticas impuestas por los dueños de la tierra, con la excusa de “las
particularidades de la actividad”. La de Eloy, la de Walter, la de Herminia, y
cada una de las voces de estos trabajadores rurales, son un duro golpe al doble
discurso de este gobierno.
En próximos números de La Verdad Obrera
seguiremos reflejando las condiciones de vida y las luchas de estos hermanos de
clase, los trabajadores golondrinas.
Emi - empleada doméstica
También topamos en el camino con una muchacha alegre y jodona de 20 años, Emi. Su hija tiene un año, Lucía y se la pasa de teta en teta tratando de calmarla entre un chiste y otro. También laburante en Salta capital. Empleada doméstica. Cama adentro. Tiene que cuidar a la señora, está enferma. Está segura que la patrona tiene mucha plata. Pero respetando las costumbres burguesas de Salta “la linda”, le pagan 1000 pesos por su trabajo de limpieza y de atención de la enferma. El padre de Emi, fue obrero del Ingenio San Martín del Tabacal, como muchos adultos oriundos de la zona que trabajaban allí antes de que la mecanización expulsara mucha mano de obra y la enviara a dar vueltas por las provincias en busca de las cosechas de ocasión. Luego de un accidente el hombre no pudo trabajar más. Se tuvo que conformar con una pensión también de 1000 pesos con los que se mantienen él y su mujer en Los Toldos. Crían patos, tienen una huerta para ahorrar en la comida. La doña se descarga cantando coplas para el carnaval, para la ocasión festiva que pinte o simplemente cuando está alegre. Sus hermanos viven en Mendoza. Fueron a trabajar a las fincas y se quedaron ahí “que hay más trabajo”. Vuelven a Los Toldos en Mayo, para el bautismo de Lucía. Emi quiere terminar el secundario, va a tratar de hacerlo en un acelerado de la ciudad como muchos jóvenes trabajadores. Su trabajo es una de las principales salidas laborales para las mujeres del norte argentino que migran a las ciudades en busca de un mejor futuro y terminan limpiando las casas de los burgueses, cuidando y criando a sus hijos, y hasta cuidando de ellos cuando están enfermos, como ella.
Gabriel - Erkero
Uno de los jóvenes que conocimos es Gabriel
Torres. Toca el “erke”, instrumento de viento hecho del asta de la vaca. Con
dejos de jazzero extraviado al que le prestaron ese instrumento solo en medio
de los cerros, toca la “música autóctona, del lugar”. La peleaba en el escenario del “Séptimo
Festival del Sentimiento y la
Tradición ”. Tocando una caja bagualera con la otra mano, daba
la necesaria base para las divagaciones de sus vientos. El muchacho se la banco
sobre las tablas, mientras lo apuraba el desorejado encargado que tenía que
hacer subir conjuntos más tradicionales de chacareras, chamamés y sapucais que
sonaban todos bastante parecidos. Gabriel aprendió a usar el erke de su padre,
con los años. Nos confiesa minutos después que le encantaría “vivir de la
música, cualquier música, aprender”. “Toco donde me llaman por la zona, en
algún festival, para el carnaval” nos dice con los ojos brillando. Le gusta el
folclore, el huayno. Pero la vida no es fácil y grata para un moreno joven de
Santa Victoria Oeste, Salta. No es tierra de posibilidades. Hay que huir, no
hay de que vivir, mucho menos de la música. Nuestro amigo es un obrero de la
construcción que trabaja en la capital provincial. Saltando de una obra a la
otra. En negro, cómo la inmensa mayoría de quienes ponen en pie edificios que
nunca habitarán. Más joven trabajó en fincas, cómo hacen varios de sus amigos.
En Río Negro, en la cebolla. En Mendoza, en la uva. Y así. El derecho a
desarrollar su arte no puede existir en los nacidos en la esforzada clase
obrera norteña que tiene que trabajar en los peores oficios, sin siquiera
derecho sindical alguno. Gabriel la pelea tocando donde y cuando puede, con los
amigos, algún fin de semana.
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