jueves, 21 de febrero de 2013

LIPEO: Cuidado con la víbora

por Joaquín Ramírez

El camino hacia el paraje Lipeo, Salta, es una travesía. Un paisaje fantástico. Todas las tonalidades del verde en montañas. Cauces de agua turquesa quebrando el camino. Primero hay que conseguir una moto o una camioneta que vaya. No hay transporte público, solo informal. Los escasos 26 km que lo separan del pueblo de Los Toldos no dan garantía de llegar a destino. El camino es una piedra más difícil que otra. Una vez en Lipeo se accede al parque nacional Baritú, refugio yungueño más cercano a Bolivia. La estructura más sobresaliente y completa del lugar es la sede de “Parques Nacionales”. Cuenta con cuatriciclos, camionetas, camión, radio, luz e internet satelital. Todos recursos ausentes para cualquiera de los cerca de cien habitantes del lugar que carecen de vías de comunicación eficientes. A lo sumo el centro de salud cuenta con un panel solar que da energía solo a una radio. Tienen que solicitar primero permiso a Parques para informar sobre una urgencia. La señal utilizada de la radio es de esa institución. “Acá se cuida más a los tigres que a las personas” repiten en el paraje que no llega a ser un pueblo. Recorrimos el lugar. Entre un sendero y otro, subidas y bajadas, cruzamos una víbora con su cabeza triangular anunciando veneno. Peligro. El reptil cumplió con su misión de amenazar con su lengua fina y con algunos serpenteos en nuestra dirección. Afortunadamente estábamos bastante lejos como para que nos alcance. No se puede pasar por Lipeo sin cruzarse una de estas. Menos vivir. Maru o Herminda nos mencionan y muestran en fotos viboras, arañas de las más impresionantes y peligrosas que transitan los cuartos y casas de manera cotidiana. Curiosamente los folletos de parques nacionales anuncian las variedades de serpientes que pueden picar a quién se las cruce en el camino, pero la infraestructura del lugar no está preparada ni para una sola víctima de tal ataque. Lo sabríamos después de habernos cruzado nuestra viborita correspondiente. El único enfermero que encontramos en este paraje, Darío, acababa de llegar desde Baritú. Otro paraje selvático a unos 25 km al sur. El enfermero de allí estaba de licencia. Un solo transporte, la moto enduro particular de Darío. Si alguien tuvo un infortunado encuentro con una de esas serpientes, “las bravas”, tiene que montarse a la moto y encarar más de dos horas por el camino de travesía rumbo al pueblo de Los Toldos donde hay un hospital como había pasado hace dos semanas con un  poblador. Camino que se corta si llueve. Si llueve podés morir. No hay un solo cargo del estado para la atención de la salud de estos parajes. Darío trabaja para un programa cuyo contrato tiene que renovar todos los años. Sin obra social ni jubilación. Por 2000 pesos. El contraste con “Parques” es brutal. Si los mismos recursos que se vuelcan ahí fueran para la salud cambiaría sustancialmente la situación y la salud de los habitantes. El puesto de salud ni siquiera cuenta con luz propia. Le tiran un cable desde la escuela que soporta un solo foco porque el sistema del panel solar está saturado. No cuenta ni con una heladera para el suero o las vacunas. Hace semanas que el único analgésico con el que cuenta es un blíster de ibuprofeno. Darío denuncia que dos veces al año entran a trabajar policías en la zona, pero nada para salud. Nos cuenta que a los docentes no se les reconoce el costo del viaje entonces no les alcanza la plata para las idas y venidas por ese camino de complicaciones. 300 pesos por semana entre la ida y la vuelta nos dice una trabajadora precarizada de Parques Nacionales. Que hace un año que hay un solo maestro. No hay nadie que aguante. Si vivís en una zona de serpientes como Lipeo, el gobierno no te garantiza los servicio esenciales de salud. Simplemente podés morir de un ataque de la fauna típica y abundante del lugar. Esa es la gestión del gobierno K de Uturbey. El gobierno nacional aporta recursos solo para la conservación de un parque, y te dice: cuidado con la víbora. De lugares de similares características se nutren los contingentes de trabajadores golondrinas que a pesar de la añoranza de su lugar, de la hermosura de su naturaleza y de su familiares que van quedando ahí, están seguros de no tener ninguna posibilidad de subsistencia en sus tierras.